Primera


Bordado de la vida y muerte de un pueblo


La vida que no vio la luz


Eran buenos


Dolor imborrable


El maestro que no fue


Sabor de oro


los veintiocho golpes


Padre e hijo


Imágenes


 

A descifrar nombres

Recién el 7 de mayo las autoridades llegaron a la zona. Días después lo hizo la Fiscalía General de la Nación, que acompañada por algunos habitantes buscó la manera de desenterrar los cuerpos de la fosa común y proceder a su identificación. Lluvias y amenazas de lluvias (de balas y de agua) hicieron que la fosa fuera tapada de nuevo.

En el mes de junio, cuando miembros de la Unidad de Apoyo a la Unidad Nacional de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario de la Fiscalía, con sede en Medellín, volvieron a Bojayá, empezaron la identificación de unos cadáveres que "ya se estaban poniendo blancos".

La identificación de cadáveres puede hacerse desde el cotejo de las huellas dactilares y desde las pruebas de ADN. La primera posibilidad había que descartarla por dos razones: los pulpejos sólo sirven durante los primeros tres días y en caso de haber servido, tampoco había archivo de la Registraduría para compararlos. Las pruebas de ADN eran el único camino para saber los nombres de los compatriotas murieron en Bojayá.

De cada cuerpo desenterrado sacaron dos piezas dentales y una muestra ósea. Le asignaron un número, escribieron descripciones de sexo (de los que estaban enteros), edad aproximada y la ropa que llevaban puesta. En esa fosa fueron encontrados 74 cadáveres y en las declaraciones tomadas a los pobladores, la Fiscalía tenía 86 nombres o sobrenombres. Los números empezaban a no coincidir.

Después de la masacre, Minelia, una de las locas del pueblo, quien sufre de esquizofrenia, se quedó con los muertos en la iglesia.

Allí estuvo recogiendo pedazos de cadávares y armando cuerpos de niños a los que les decía que se levantaran y corrieran. Su trastornado mundo interior, donde pasan cosas más tenebrosas que la escena que tenía enfrente, le había dado la capacidad de hacer esto.

¿Será que algunos de los cuerpos que los pobladores recogieron como uno solo no eran más que la suma de partes de distintos muertos? Nunca se sabrá.

Después de reenterrar a los muertos en el "Cementerio de Bojayá" y de poner cada uno una estaca con un número, la Fiscalía tomó muestras de sangre de sus familiares.

Las pruebas de ADN son 100% confiables si la comparación se establece con muestras de sangre del padre y la madre biológica o hermanos de padre y madre. La poliandria, la poligamia o la ausencia de alguno de los progenitores hicieron que la identificación de las víctimas empezara a complicarse. Esto, sumado a que Bellavista era por ese entonces un pueblo fantasma, con todos sus pobladores desplazados, hizo que el proceso de identificación por ADN, que usualmente toma unos seis meses, tuviera que prepararse para alargar esos plazos. Muertos no identificados o familiares no hallados eran otros elementos.

Un año después, la Fiscalía tan sólo ha ordenado el registro de defunción de 15 muertos. Y este 2 de mayo se vence el plazo para que, registro civil de defunción en mano, los familiares cobren las indemnizaciones al Estado.

En medio de este escenario, la tarea era buscar los rastros y los rostros de la tragedia del 2 de mayo. Caminar Quibdó tras esas historias y tras los dolientes de algunas víctimas. Internarse en el Atrato para preguntar por ellos y sus rostros. Encontrarlos y olvidar los esquemas aprendidos para entender los parentescos de las familias chocoanas.

 

La familia extensa

Otra de las características culturales de los negros del Pacífico colombiano que permite comprender las múltiples consecuencias que una tragedia como la del 2 de mayo puede traer al pueblo de Bellavista es la forma como está organizado y se desarrolla el núcleo familiar.

Nuevamente Carlos Caicedo Licona nos brinda un posible punto de partida al hablar de la familia extensa del negro-Pacífico colombiano. Entender este concepto permite explicar algunas de las particularidades de las comunidades negras chocoanas, así como asimilar muchas de sus actitudes desde la política, la organización social y las tradiciones culturales como la poligamia o la poliandria (mujer casada simultáneamente con dos o más hombres).

Una de las características principales de la familia extensa es su horizontalidad. En la configuración de este tipo de familia se mezclan elementos ancestrales africanos con la experiencia acumulada de 400 años de esclavitud.

El régimen esclavista trajo serias consecuencias para la psique del negro que fue sometido a un proceso de infantilización, encaminado a hacerlo obedecer sin ninguna posibilidad de reflexión. Asimismo, el negro era considerado un semental reproductor de la base de esclavos del amo. La mujer, consecuentemente, tenía una función fundamental como procreadora.

En este ambiente, el negro no tenía ninguna responsabilidad ni económica ni afectiva frente a su descendencia. Sus hijos eran productos para amo; incluso, lo era su mujer.

Por otra parte, casi en toda África no sólo es normal la poligamia, sino también la poliandria, donde no es censurable que la mujer tenga hijos con varios hombres.

Una mirada rápida a los mapas basta para corroborar la vigencia de esta práctica entre las comunidades negras del Pacífico. No es extraño, entonces, encontrar que el Inspector de Bellavista haya perdido en la tragedia a tres hijos de diferentes mujeres, además de a dos de las madres, o que Mercedes Palacios, quien perdió un hijo que tuvo con el Inspector y otro que tuvo con José Machado, además de su propia vida.

Para Caicedo Licona, "el negro colombiano psicológicamente está definido antes que todo por el entorno familiar que al fin de cuentas es el que aprueba o desaprueba. Desde pequeño al niño se le imprime es sello de lo colectivo".

La familia negro-Pacífico está ligada en muchos aspectos a la etapa comunitaria primitiva en la cual el hombre es antes que todo recolector y, socialmente, crece interpolado en las relaciones de parentesco.

En las culturas lacustres (pertenecientes a los lagos), como son muchas de las comunidades ribereñas del Atrato, hay división del trabajo, pero tal división no es tajante. La mujer puede afrontar las mismas tareas que el varón.

A algunos estudiosos llama la atención que la sicología de este colectivo negro corresponda a tal horizontalidad.

En las culturas lacustres cualquier persona independientemente del sexo sabe seleccionar y amontonar leña seca, maniobrar canoas, pescar o hacer recipientes de totumo. Así, a trabajo igual, valor igual, poder igual, aunque se conserven los roles definidos de cada sexo.

En la familia extensa negro-Pacífico la mujer actúa como base de esa horizontalidad. El padre es el eje que da anclaje. Los hijos constituyen la primera línea de fuerza de la familia, que gira alrededor del padre. En la segunda línea están los tíos y los sobrinos, que actúan a favor de la madre. En tercer lugar están los abuelos paternos y maternos equilibrando las fuerzas. Por último están los demás parientes que refuerzan el poder de la madre.

Si muere el padre, salta un hijo y asume su papel. Igualmente si muere la madre, salta una hija a reestablecer el equilibrio.

Esta explicación, aunque seguramente no sea la única, cobra sentido cuando se mira la experiencia sufrida por la familia Palacios, que perdió a 22 de sus miembros.

Los tres hijos que quedaron de Benjamín Palacios y Rosalba Chaverra viven al amparo del hermano mayor, Elvis, quien ya había empezado a procrear su propia descendencia.

 

Por dónde va el camino

Los problemas de identidad y las características propias de las familias chocoanas son elementos que podrían ayudar a comprender el entramado que teje y une las vidas y muertes de las 119 víctimas de la tragedia y de su familias y de todo un pueblo.

No son las únicas, ni pretenden explicar todo, pues la riqueza cultural, étnica y genética que hay en las comunidades negras del Pacífico es de tal riqueza que fácilmente se encuentran manifestaciones disímiles y contradictorias incluso para una misma tradición o ritual, por ejemplo, con respecto a la vida y la muerte, el nacimiento, el bautizo o el duelo y el luto.

Cuando se entra en contacto con la población de Bellavista se siente en la atmósfera del pueblo un aire paralizante, como si muchas fuerzas encontradas tiraran para diversos lados y en medio estuviera la población que sólo atina a seguir con la rutina a la que están acostumbrados, pescar, cultivar la tierra, bañarse en el río, restregar la ropa contra los rayos (pedazos de madera), sentarse en una tienda a escuchar vallenatos y a tomar biche, emborracharse y bailar amacizados hasta el amanecer.

Bellavista todavía no encuentra su propio camino. La división física del pueblo en tres barrios también habla de divisiones culturales, de actitudes, de creencias. La tragedia les dejó una enseñanza muy importante, de la que son consciente los líderes del pueblo, entre ellos el Comité organizador de la conmemoración, que la organización comunitaria les puede ayudar a solucionar sus problemas y a prepararlos para el incierto futuro que se les presenta.

Ya saben que la fatalidad también toca con ellos y no quieren que los vuelva a coger a todos encerrados en una iglesia oyendo llover balas sobre sus cabezas como si la cosa no fuera con ellos.

Los incipientes procesos organizativos que tenían antes de la tragedia: asociación de mujeres y grupos juveniles fueron desvertebrados por el ataque. Ahora, lentamente, empiezan a reconstruirlos.

Este Bordado de la Vida y Muerte de un Pueblo tiene como objetivo principal devolver la compañía que la comunidad de Bellavista brindó desinteresadamente para realizar este trabajo. También hacer un aporte a la compresión de la tragedia colectiva que vivió este pueblo y propiciar la elaboración del duelo, que ellos no han podido realizar, como condición esencial para la restauración de su vida en comunidad. Y darle a los colombianos claridad sobre sus muertos y a ellos un lugar en la historia.

 
 
                ©Todo el material presente en estas páginas es propiedad del periódico EL MUNDO.
     Prohibida su  reproducción total o parcial sin previa autorización.