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A
descifrar nombres
Recién
el 7 de mayo las autoridades llegaron a la zona. Días después lo
hizo la Fiscalía General de la Nación, que acompañada por
algunos habitantes buscó la manera de desenterrar los cuerpos de
la fosa común y proceder a su identificación. Lluvias y amenazas
de lluvias (de balas y de agua) hicieron que la fosa fuera tapada
de nuevo.
En
el mes de junio, cuando miembros de la Unidad de Apoyo a la Unidad
Nacional de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario
de la Fiscalía, con sede en Medellín, volvieron a Bojayá,
empezaron la identificación de unos cadáveres que "ya se
estaban poniendo blancos".
La
identificación de cadáveres puede hacerse desde el cotejo de las
huellas dactilares y desde las pruebas de ADN. La primera
posibilidad había que descartarla por dos razones: los pulpejos
sólo sirven durante los primeros tres días y en caso de haber
servido, tampoco había archivo de la Registraduría para
compararlos. Las pruebas de ADN eran el único camino para saber
los nombres de los compatriotas murieron en Bojayá.
De
cada cuerpo desenterrado sacaron dos piezas dentales y una muestra
ósea. Le asignaron un número, escribieron descripciones de sexo
(de los que estaban enteros), edad aproximada y la ropa que
llevaban puesta. En esa fosa fueron encontrados 74 cadáveres y en
las declaraciones tomadas a los pobladores, la Fiscalía tenía 86
nombres o sobrenombres. Los números empezaban a no coincidir.
Después
de la masacre, Minelia, una de las locas del pueblo, quien sufre
de esquizofrenia, se quedó con los muertos en la iglesia.
Allí
estuvo recogiendo pedazos de cadávares y armando cuerpos de
niños a los que les decía que se levantaran y corrieran. Su
trastornado mundo interior, donde pasan cosas más tenebrosas que
la escena que tenía enfrente, le había dado la capacidad de
hacer esto.
¿Será
que algunos de los cuerpos que los pobladores recogieron como uno
solo no eran más que la suma de partes de distintos muertos?
Nunca se sabrá.
Después
de reenterrar a los muertos en el "Cementerio de Bojayá"
y de poner cada uno una estaca con un número, la Fiscalía tomó
muestras de sangre de sus familiares.
Las
pruebas de ADN son 100% confiables si la comparación se establece
con muestras de sangre del padre y la madre biológica o hermanos
de padre y madre. La poliandria, la poligamia o la ausencia de
alguno de los progenitores hicieron que la identificación de las
víctimas empezara a complicarse. Esto, sumado a que Bellavista
era por ese entonces un pueblo fantasma, con todos sus pobladores
desplazados, hizo que el proceso de identificación por ADN, que
usualmente toma unos seis meses, tuviera que prepararse para
alargar esos plazos. Muertos no identificados o familiares no
hallados eran otros elementos.
Un
año después, la Fiscalía tan sólo ha ordenado el registro de
defunción de 15 muertos. Y este 2 de mayo se vence el plazo para
que, registro civil de defunción en mano, los familiares cobren
las indemnizaciones al Estado.
En
medio de este escenario, la tarea era buscar los rastros y los
rostros de la tragedia del 2 de mayo. Caminar Quibdó tras esas
historias y tras los dolientes de algunas víctimas. Internarse en
el Atrato para preguntar por ellos y sus rostros. Encontrarlos y
olvidar los esquemas aprendidos para entender los parentescos de
las familias chocoanas.
La
familia extensa
Otra
de las características culturales de los negros del Pacífico
colombiano que permite comprender las múltiples consecuencias que
una tragedia como la del 2 de mayo puede traer al pueblo de
Bellavista es la forma como está organizado y se desarrolla el
núcleo familiar.
Nuevamente
Carlos Caicedo Licona nos brinda un posible punto de partida al
hablar de la familia extensa del negro-Pacífico colombiano.
Entender este concepto permite explicar algunas de las
particularidades de las comunidades negras chocoanas, así como
asimilar muchas de sus actitudes desde la política, la
organización social y las tradiciones culturales como la
poligamia o la poliandria (mujer casada simultáneamente con dos o
más hombres).
Una
de las características principales de la familia extensa es su
horizontalidad. En la configuración de este tipo de familia se
mezclan elementos ancestrales africanos con la experiencia
acumulada de 400 años de esclavitud.
El
régimen esclavista trajo serias consecuencias para la psique del
negro que fue sometido a un proceso de infantilización,
encaminado a hacerlo obedecer sin ninguna posibilidad de
reflexión. Asimismo, el negro era considerado un semental
reproductor de la base de esclavos del amo. La mujer,
consecuentemente, tenía una función fundamental como
procreadora.
En
este ambiente, el negro no tenía ninguna responsabilidad ni
económica ni afectiva frente a su descendencia. Sus hijos eran
productos para amo; incluso, lo era su mujer.
Por
otra parte, casi en toda África no sólo es normal la poligamia,
sino también la poliandria, donde no es censurable que la mujer
tenga hijos con varios hombres.
Una
mirada rápida a los mapas basta para corroborar la vigencia de
esta práctica entre las comunidades negras del Pacífico. No es
extraño, entonces, encontrar que el Inspector de Bellavista haya
perdido en la tragedia a tres hijos de diferentes mujeres, además
de a dos de las madres, o que Mercedes Palacios, quien perdió un
hijo que tuvo con el Inspector y otro que tuvo con José Machado,
además de su propia vida.
Para
Caicedo Licona, "el negro colombiano psicológicamente está
definido antes que todo por el entorno familiar que al fin de
cuentas es el que aprueba o desaprueba. Desde pequeño al niño se
le imprime es sello de lo colectivo".
La
familia negro-Pacífico está ligada en muchos aspectos a la etapa
comunitaria primitiva en la cual el hombre es antes que todo
recolector y, socialmente, crece interpolado en las relaciones de
parentesco.
En
las culturas lacustres (pertenecientes a los lagos), como son
muchas de las comunidades ribereñas del Atrato, hay división del
trabajo, pero tal división no es tajante. La mujer puede afrontar
las mismas tareas que el varón.
A
algunos estudiosos llama la atención que la sicología de este
colectivo negro corresponda a tal horizontalidad.
En
las culturas lacustres cualquier persona independientemente del
sexo sabe seleccionar y amontonar leña seca, maniobrar canoas,
pescar o hacer recipientes de totumo. Así, a trabajo igual, valor
igual, poder igual, aunque se conserven los roles definidos de
cada sexo.
En
la familia extensa negro-Pacífico la mujer actúa como base de
esa horizontalidad. El padre es el eje que da anclaje. Los hijos
constituyen la primera línea de fuerza de la familia, que gira
alrededor del padre. En la segunda línea están los tíos y los
sobrinos, que actúan a favor de la madre. En tercer lugar están
los abuelos paternos y maternos equilibrando las fuerzas. Por
último están los demás parientes que refuerzan el poder de la
madre.
Si
muere el padre, salta un hijo y asume su papel. Igualmente si
muere la madre, salta una hija a reestablecer el equilibrio.
Esta
explicación, aunque seguramente no sea la única, cobra sentido
cuando se mira la experiencia sufrida por la familia Palacios, que
perdió a 22 de sus miembros.
Los
tres hijos que quedaron de Benjamín Palacios y Rosalba Chaverra
viven al amparo del hermano mayor, Elvis, quien ya había empezado
a procrear su propia descendencia.
Por
dónde va el camino
Los
problemas de identidad y las características propias de las
familias chocoanas son elementos que podrían ayudar a comprender
el entramado que teje y une las vidas y muertes de las 119
víctimas de la tragedia y de su familias y de todo un pueblo.
No
son las únicas, ni pretenden explicar todo, pues la riqueza
cultural, étnica y genética que hay en las comunidades negras
del Pacífico es de tal riqueza que fácilmente se encuentran
manifestaciones disímiles y contradictorias incluso para una
misma tradición o ritual, por ejemplo, con respecto a la vida y
la muerte, el nacimiento, el bautizo o el duelo y el luto.
Cuando
se entra en contacto con la población de Bellavista se siente en
la atmósfera del pueblo un aire paralizante, como si muchas
fuerzas encontradas tiraran para diversos lados y en medio
estuviera la población que sólo atina a seguir con la rutina a
la que están acostumbrados, pescar, cultivar la tierra, bañarse
en el río, restregar la ropa contra los rayos (pedazos de
madera), sentarse en una tienda a escuchar vallenatos y a tomar
biche, emborracharse y bailar amacizados hasta el amanecer.
Bellavista
todavía no encuentra su propio camino. La división física del
pueblo en tres barrios también habla de divisiones culturales, de
actitudes, de creencias. La tragedia les dejó una enseñanza muy
importante, de la que son consciente los líderes del pueblo,
entre ellos el Comité organizador de la conmemoración, que la
organización comunitaria les puede ayudar a solucionar sus
problemas y a prepararlos para el incierto futuro que se les
presenta.
Ya
saben que la fatalidad también toca con ellos y no quieren que
los vuelva a coger a todos encerrados en una iglesia oyendo llover
balas sobre sus cabezas como si la cosa no fuera con ellos.
Los
incipientes procesos organizativos que tenían antes de la
tragedia: asociación de mujeres y grupos juveniles fueron
desvertebrados por el ataque. Ahora, lentamente, empiezan a
reconstruirlos.
Este
Bordado de la Vida y Muerte de un Pueblo tiene como
objetivo principal devolver la compañía que la comunidad de
Bellavista brindó desinteresadamente para realizar este trabajo.
También hacer un aporte a la compresión de la tragedia colectiva
que vivió este pueblo y propiciar la elaboración del duelo, que
ellos no han podido realizar, como condición esencial para la
restauración de su vida en comunidad. Y darle a los colombianos
claridad sobre sus muertos y a ellos un lugar en la historia. |