Los
veintiocho golpes
Marcelino
Martínez Martínez y Raquel Rentería Romaña se encuentran en
Quibdó visitando a algunos de sus hijos. Tuvieron doce. Marcelino
está sin camisa y tiene aserrín enredado en los crespos del pelo
y pegado al sudor de su pecho. Raquel sale de la cocina. En la
entrada de la casa una mujer amamanta a un niño.
La
familia se acelera y pronto se reacomodan todos dejando una silla
libre para el visitante. Marcelino y Raquel son de Bellavista,
viven en Pueblo Nuevo, la parte aguas abajo del pueblo a la que
llegaron unos pocos troncos familiares como los Chaverra o los
Martínez, en especial venidos de Pogue, una de las 42 comunidades
que tiene el municipio de Bojayá.
Entre
estos troncos están los Palacios. Un buen exponente de lo que
algunos teóricos (entre ellos Carlos Arturo Caicedo Licona,
"Por qué los negros somos así") han llamado la familia
extensa del negro-Pacífico colombiano.
Marcelino
y Raquel no son Palacios, pero dos de sus hijos tuvieron hijos con
dos hijas Palacios ayudando, de esta manera, a tejer el entramado
de esta familia, tan intrincado como el de un trasmallo de pesca.
El
2 de mayo la familia Palacios perdió a 22 de sus miembros, cuatro
de la primera generación –dos hermanos Palacios y sus dos
esposas-, ocho hijos y nueve nietos del primer hermano y un nieto
del segundo.
Marcelino
y Raquel son los padres de Juan Alberto "Mañe",
un pequeño de ocho años que murió el 2 de mayo en la Iglesia de
Bellavista y de Heiler, quien perdió a su esposa Luz del
Carmen Palacios Chaverra (25 años) y cinco hijos Geidy
(10 años), Raquel (8 años), Yaseira (6 años), Eysy
(4 años) y Eida (18 meses) y de Elmer "Papito",
el inspector de Bojayá, uno de los encargados de hacer el primer
conteo de las víctimas de la tragedia y quien perdió a su esposa
Yenny Adriana Palacios (20 años) y su hija Elena (6
meses) y otros dos hijos, John Fredy Martínez Correa (7
años), hijo de Luz Mary Correa "La Noche" y Yarleisis
Martínez Palacio (8 años), hija de Mercedes Palacios "Fiestera"(22
años).
Raquel
es una mujer vivaracha y alegre que muestra los dientes y mueve
los brazos incluso cuando recuerda a sus muertos. "Mi hijo Juan
Alberto nació el 22 de abril de 1993 –es particular que lo
mencione con tanta exactitud en este ambiente de indocumentados,
de multitud de nombres difíciles, de personas con varios nombres
y sobrenombres y los más inesperados lazos familiares- y estaba
en primero de escuela. "Él iba a ser futbolista, era muy
juguetón, echaba chistes, hacía panguitas (lanchas) de madera
con motor, cantaba y le gustaban los vallenatos y el regué".
Marcelino
parece tímido, pero es bien conversador y, en perfecta simetría
con Raquel, agrega o reafirma con serenidad lo que su mujer
desfoga con pasión.
No
se necesita preguntar si Raquel tenía algún tipo de liderazgo o
de influencia en su comunidad. Alza un brazo y se le ve.
Ella
solita habla del grupo de mujeres campesinas al que pertenecía y
con las que hacía colchones y resalta las figuras del pueblo que
consideraba grandes pérdidas. "Definitivamente lo bueno no
dura. Ay, la señora Brígida, tan ambientuda que era o
"Chocoano" (Willinton Mosquera Palacios) que era
concejal o los Palacios, toda esa gente que
perdieron".
No
es raro, entonces, que su hijo Elmer "Papito" sea el
inspector de Bojayá. Aunque fue imposible localizarlo para
conocerlo, mucho tendrá del espíritu de su madre.
Luz
del Carmen "María" Palacios,
la mujer de Heiler, era como una hija para Raquel. "Yo le
tenía mucho cariño, era muy buena nuera, siempre estaba metida
en la cocina buscando qué hacer, cómo ayudar, era muy honesta.
Era como una "arrierita". Lo bueno no dura, mano".
Los
hijos de "María" y Heiler eran cinco miembros
más de esa gran comunidad de niños que crecen a orillas del
Atrato. Desde muy pequeños conocen sus aguas y aprenden a pescar
y a nadar, aunque no se van muy lejos, porque saben que en alguna
parte, allá en lo ancho está el "Beringo" ese enorme
pez que va de orilla a orilla y se los traga enteros.
Heiler
muestra su dolor cuando habla de sus hijos. "Geidy, la
mayor, ya estaba en la escuela, era delgadita y muy decentica.
Jugaba fútbol, muñecas y mamacita. Raquel era la más
traviesa y la más trabajadora de ellas. Para la edad que tenía
hacía muchas cosas: lavaba los platos y la ropa, pescaba y
cocinaba. Yasaira y Eisy iban al CAI (Centro de
Atención Infantil). Eida sólo tenía año y medio".
Los
Rentería Martínez hacen lo que hacen las gentes de Bojayá.
Siembran maíz, piña, plátano o arroz, cogen pescado, trabajan
la madera. "A nosotros por una punta nos ha ido bien. Aunque
no han cumplido las promesas, nosotros seguimos trabajando. Yo me
siento sabroso, contentó", dice Marcelino.
Es
desconcertante la alegría de esta casa. Unas cuadras más abajo
está doña Adelaida, sentada en la sala, inmóvil, viendo
televisión, en el silencio oscuro de sus recuerdos mientras aquí
el pasar de las historias lustran las dentaduras de los Martínez
Rentería.
Es
común en el Chocó encontrarse con comunidades con diferentes
costumbres y tradiciones con respecto a un mismo asunto (la
muerte, el luto, el duelo, por ejemplo) todas enlazadas o
mezcladas, incluso, a veces, contradictorias. Todo hace parte de
la riqueza cultural, étnica, histórica y genética que hay
acumulada y amalgamada en sus cuerpos negros.
El
2 de mayo, cuando ocurrió la tragedia, Raquel y Marcelino estaban
en Quibdó. Raquel alza la mirada y recuerda a Juan Alberto,
"ese muchacho no comía con ese fútbol. El día que me fui
lo dejé en la cancha".
Viven
en sueños
De
los 11 hijos que tuvieron Benjamín "Mochito"
Palacios y Rosalba "Quiriquilla" Chaverra
sólo quedan tres huérfanos: Elvis de Jesús (25 años),
Benjamín (18 años) y Yusney (16 años). Sus padres y ocho
hermanos, Luz del Carmen, Mercedes "Fiestera",
Elvia (20 años), Emérita (13 años), Rosalba (10
años), Crescencio "Chencho" (8 años), Yesenia
(6 años) y Víctor "Cota" (4 años), murieron el
2 de mayo.
La
casa de los Palacios está en Pueblo Nuevo a la orilla del río. A
excepción de Luz del Carmen, Mercedes y Elvis, quienes ya
tenían sus propias familias, el resto de los Palacios vivían en
esa vivienda de la que sólo queda el vacío.
El
piso sobre las estacas típicas de las casas palafíticas y cuatro
vigas que sostienen el techo, es lo que queda de la ella. Una caja
de cristal sin huellas que leer. Sin divisiones, sin paredes, sin
ventanas. La Nada. No hay corazón para pedirle a los vivos que
quedan que la reconstruyan.
Elvis,
el mayor, está casado con Luzmila y tienen un niño de tres
años. Todos, junto con los otros dos hermanos de Elvis, viven en
una casa contigua a la que era de sus padres. Don Benjamín
mismo le ayudó a Elvis a construirla.
Elvis
pesca y cultiva la tierra. Además, tienen una tienda de abarrotes
que le ayudó a montar Joaquín Palacios, antiguo alcalde de
Bojayá y ahora diputado del Chocó, quien controla los destinos
de lo que queda de la familia y de buena parte de Pueblo Nuevo.
Con
las ventas de la tienda y con las otras que actividades que
resultan viven los tres hermanos, la esposa y el hijo de Elvis,
que son la nueva familia Palacios.
Los
tres hermanos están sentados en la tienda. Elvis carga a Elvinson,
su pequeño hijo, Benjamín presta atención mientras Yusney, que
tiene la ropa totalmente empapada, pues acaba de llegar del río,
mira una de las dos fotos que le quedan de la familia.
Son
dos fotos enmarcadas de alguna fiesta que hubo en el pasado. Son
fotos colectivas y no podía ser de otra forma en la familia
Palacio.
–¿Quiénes
hay ahí?
–Este
de aquí de la esquina es Víctor.
–Ajá.
–Esta
que está aquí parada es Rosalba.
–¿Y
quién más?
–El
resto están vivos.
–¿No
hay más muertos ahí?
–No.
En
la otra fotografía se ve a Crescencio y a Moisés David
Osorno Palacios (2 años). Uno de los dos hijos de Elvia
que murieron con ella (el otro es Niñito Osorno
Palacios de dos meses). Elvis recuerda a sus dos hermanas
mayores. "Luz del Carmen y Mercedes eran juntas
para todo. Mercedes era más alta y flaca en cambio Luz
del Carmen era gordita y más clarita. Luz del Carmen
era muy casera y Mercedes también, aunque le decían
"Fiestera", pero eso era porque nació el día de las
fiestas de la virgen, nada más. Aunque ya se habían ido de la
casa cuidaban de sus hermanos".
Mercedes
tuvo tres hijos más con José Virgilio Machado Peña, Ceneida (4
años), y los mellizos José Eduardo y Angie Carolina (dos
años), ésta última también falleció.
Benjamín
trata de hacer callar a Elvinson que juega con la nariz de Elvis.
"Mi papá me lo daba todo", recuerda. "A mí me
ayudó a hacer mi casa, yo me había ido, pero comía con ellos,
trabajaba con mi papá", dice Elvis. Jusney se ha ido sin
decir palabra.
Es
difícil intuir cómo se sienten. Pareciera que quieren hablar,
pero no tienen palabras. Elvis todavía sueña con toda su
familia. "A veces creo que estoy trabajando con mi papá con
la madera, él era aserrador. Todos se aparecen en sueños".
José
Machado, el último compañero de Mercedes, que administra
unos billares en Vigía del Fuerte, también tiene sueños. "Mercedes
me hace mucha falta –dice José-. A veces tengo sueños con
ella. Hace poco soñé que estaba con ella en la casa".
La
matrona
Adelfa
Apulia Asprilla Pacheco es la figura en la cima de la pirámide de
la familia Palacios. Si bien es cierto que pirámide no es la
palabra más exacta para describir a la familia Palacio, no en el
sentido vertical egipcio, pues ésta responde al modelo horizontal
de familia extensa negro-Pacífico. Quizás sea más precisa una
pirámide de suave pendiente con la cima achatada.
Doña
Adelfa tuvo ocho hijos, entre ellos los difuntos Benjamín
y Emiliano. Los esposo Emiliano Palacios Asprilla (53
años) y Ana Cecilia Chaverra (40 años) vivieron 32 años
juntos como Dios manda hasta que el 2 de mayo la muerte, también
como Dios manda, los separó.
Durante
esos años tuvieron nueve hijos. Vivían en Pueblo Nuevo y, como
muchos de sus vecinos, el 1 de mayo corrieron a la Iglesia a
resguardarse de los combates entre guerrilla y paramilitares.
En
la mañana del día siguiente la muerte se llevó, junto con
ellos, a su hijo menor Jamilson, de 7 años y a su nieta Daisy,
de 5 años, hija de Luz Dary Palacios, a la que le dicen "La
India" y de Benjamín Romaña, al que le dicen "Berocha".
Con Daisy murió también su hermanita media, Hercilia,
de 9 años, hija de Benjamín y Orfelina Moreno Rivas.
Benjamín
y Emiliano más que buenos hermanos, eran buenos compañeros.
Aserraban juntos, rozaban monte juntos, juntos le ayudaban a sus
hijos y sobrinos. Ana Cecilia hacía parte de la asociación de
mujeres.
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Orfelina
no recupera todavía su rostro alegre y espíritu fiestero.
El tiempo no ha pasado para ella, todavía siente que su
hija Hercilia sigue jugando en el patio |

A
Elvis le tocó, de un día para otro, hacer cargo de los
sobrevivientes de la familia Palacios. Con una pequeña
tienda de aborrotes sostiene a sus dos hermanos, su esposa y
su hijo. |
Parece
que fue ayer
Orfelina
Moreno Rivas (38 años) no se siente con ganas de volver a
Bellavista. Desde que tuvo que salir desplazada por los sucesos
del 2 de mayo vive en Quibdó, en el barrio El Reposo, con algunos
familiares.
En
su casa se ve que es una mujer alegre, de "ambiente"
como dicen en el Chocó, pero cuando se trata de recordar, la
invade el silencio, encoge los hombros y estira los labios
cerrados dando a entender una y otra vez que ella no sabe, que la
dejen tranquila.
Tuvo
cinco hijos contando a Hercilia y hacía cinco años
vivían "de arrendados" en Bellavista. Orfelina es ama
de casa y su esposo, Benjamín Romaña, se dedica al cultivo del
plátano.
Por
cortesía, por la amabilidad de estas gentes buenas chocoanas,
trae los recuerdos de su hija y los comparte. "A la niña le
gustaba mucho el baile, muchísimo, eso bailaba cualquier música
en cualquier parte".
Orfelina
hacía parte de Amopro, una asociación de mujeres que recogía
fondos, a través de bingos y fiestas, para ayudarse entre sí. De
la Asociación recuerda a las mujeres "ambientudas", Ananeida,
Brígida o Rufina, (todas muertas el 2 de mayo) que
"le ponían sabor a las cosas. Chupaban y bailaban y se
amanecían en su baile".
A
ellas las recuerda con facilidad, pero cuando volvemos a hablar de
la niña, se resiste. "A la niña le gustaba mucho jugar en
el patio, era una negra, pero una negra bonita, una negra lisa,
¿sería que porque se iba a morir era así?. Yo no regreso porque
recordarla es muy duro".
No
conserva ninguna fotografía de ella, la única que sabe que hay,
una que le tomaron bailando en una calle, está "en un barrio
muy lejos".
Ya
se acerca la conmemoración del primer aniversario de la tragedia
y Orfelina no sabe qué va a pasar. "Estoy pensando ahora que
baje... no sé cómo voy a reaccionar. A veces pienso que ella
anda en un paseo con las amigas, que está jugando por ahí. Me
parece que hubiera sido ayer".
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