Primera


Bordado de la vida y muerte de un pueblo


La vida que no vio la luz


Eran buenos


Dolor imborrable


El maestro que no fue


Sabor de oro


los veintiocho golpes


Padre e hijo


Imágenes


 

Bordado de la Vida y Muerte de un Pueblo

Historia de las víctimas de Bojayá

Bordar: Adornar una tela o piel con bordadura, labrándola en relieve // Fig. Ejecutar alguna cosa con arte y primor.

La muerte de 119 seres humanos el 2 de mayo de 2002 en la población de Bellavista, en el municipio chocoano de Bojayá, es un hecho contundente y trágico que sigue produciendo estupor, indignación y rechazo totales.

Sin embargo, estos sentimientos nublan la vista y el entendimiento y graban en la conciencia colectiva de un país una cifra, que si bien es elocuente, no ofrece respuestas ni alternativas a la tragedia violenta que vivimos.

Al contrario, todo son preguntas, sin salidas, recriminaciones.

El caso de la población de Bellavista es un caso particular dentro de la historia reciente de la guerra colombiana. No sólo por lo dramático, sino porque, al contrario de muchos otros pueblos que han sido destruidos por la guerra, la destrucción de Bellavista no fue tanto física como espiritual.

Además, porque la sufrió la población negra de un caserío perdido a orillas del río Atrato, de la cual Colombia apenas si tenía noticia.

Las imágenes que recorrieron el mundo son, en su mayoría, simbólicas (los fotógrafos intuyen de inmediato que lo que pasa en un hecho noticioso): Un cristo partido en pedazos, una virgen herida, una iglesia sin techo, el rostro triste de un niño o una madre negros.

La destrucción de Bellavista no fue total, pues en los pueblos ribereños del Atrato no hay edificaciones fotogénicas que destruir. Estos pueblos están hechos para convivir con la selva exuberante, húmeda y pantanosa, aptos para navegar anclados cuando el río los inunda, pacientes para soportar los diluvios universales que allí caen sobre sus techos.

Sus habitantes caminan sobre tierras movedizas, aprenden a nadar cuando los caminos del pueblo son de agua y saben cómo guarecerse de la lluvia, pero no sabían nada de lluvias de metralla.

Sí hubo destrucción en Bellavista. Casas a las que no les queda más que estacas perdidas en la maleza, el techo de la iglesia que colapsó con el estallido de la pipeta, pero lo que hizo esa pipeta, que destruyó el altar del templo, fue partir el alma de un pueblo en centenares de pedazos.

A un año de la tragedia, cuando el pueblo mismo se prepara para conmemorar la muerte de sus familiares y amigos, nos dimos a la tarea de reconstruir una a una, puntada a puntada, las historias de las víctimas, la vida y muerte de 24 familias, de sus hijos y hermanos y madres y padres y abuelos y huérfanos y viudos y vecinos y amigos, para así bordar, con paciencia y dedicación, a la manera que lo hacen las mujeres de Bellavista, con aguja e hilo, como medio de sanación y duelo, el gran Bordado de la Vida y Muerte de un Pueblo.

 

Bellavista no es Bojayá

Bellavista es la cabecera municipal del municipio chocoano de Bojayá, el cual tiene 12.000 habitantes aproximadamente, distribuidos en más de 40 comunidades entre negras e indígenas. Antes del ataque del 2 de mayo tenía 1.000 habitantes aproximadamente; hoy no pasan de 600.

El primero de septiembre de 2002 retornaron a Bellavista, con el acompañamiento de las autoridades nacionales, la comunidad internacional y la prensa, y con el compromiso de la Fuerzas Armadas de garantizar la seguridad de los pobladores, 533 desplazados.

Sin embargo, todavía continúan desplazadas 60 familias de Bellavista y unas 320 familias de las demás comunidades de Bojayá en Quibdó, la capital de Chocó.

Bellavista está ubicado en la región del Atrato medio chocoano, a la orilla del río que sirve de frontera entre los departamentos de Chocó y Antioquia. A mitad de camino entre Quibdó y la costa Atlántica y a pocas horas de la costa Pacífica.

El pueblo es una franja delgada asentada a la orilla del río y está dividido en tres barrios: Bella Luz, en el extremo aguas arriba del pueblo; La Unión, en el centro y Pueblo Nuevo, en el extremo aguas abajo.

Su población es toda afrocolombiana y responde, en todas sus particularidades, a las características de las comunidades negras del Pacífico. Es en esas características donde se puede encontrar el significado de esas 119 muertes.

119 muertos son 119 muertos y eso es un crimen, podría pensar alguien. Y es verdad. Pero también son 24 familias y cientos de lazos, relaciones y sentimientos. Y eso también es otra cosa.

La primera parte de esta historia-bordado es la elaboración de los árboles genealógicos de cada una de las familias de las víctimas, los cuales nacen de la comparación de las diferentes listas de víctimas, de la búsqueda y diálogo con los dolientes y de la constación de que esos 119 muertos eran también muchas familias, numerosos amigos, infinidad de historias.

Los árboles varían en complejidad y cantidad de información, dependiendo de las particularidades de cada familia y de las circunstancias encontradas en el rastreo de sus miembros.

Estos planos familiares son el boceto, el entramado fundamental sobre el cual se bordará este trabajo.

La segunda parte son las historias que dan sentido a esos planos. La tercera habla de la cotidianidad de Bellavista en la víspera de la conmemoración del primer aniversario de la tragedia y, por último, se aborda el tema de la importancia del duelo como medio de restauración espiritual del pueblo.

 

Quién es quién

La primera gran dificultad que se presenta al realizar un trabajo de estas características es desenredar el nudo ciego en el que se encuentran las identidades de las víctimas.

Una vez desenredado, se tiene en las manos el hilo de Ariadna que nos sacará del laberinto.

En el Chocó la gente no se llama como se llama o no la llaman como se llama o su nombre no es nombrado o el nombre que es nombrado no es el nombre. He ahí el nudo.

Existen por lo menos cuatro listas de víctimas de las cuales, si se hiciera una sola, sumando los nombres que no coinciden en una y otra, daría como resultado una lista de 170 víctimas aproximadamente. Así de delicado es el problema.

Entre los chocoanos no solamente son comunes los apodos, sino que las personas tienen dos y hasta tres nombres diferentes, incluso con diferentes apellidos.

Según Carlos Caicedo Licona, biólogo chocoano que más parece un antropólogo, en su libro "Por qué los negros somos así?", citando una investigación de Kenneth Stamph, -La esclavitud en América-, durante el régimen esclavista al cual fueron sometidos los negros en América por 400 años, el blanco, para avergonzar al negro y deculturarlo le ponía al bautizarlo nombres que no correspondían a su cultura.

De estos casos tenemos muchos en esta historia-bordado como: Aris Noel Palomeque Vélez, quien aparece así en una lista suministrada por la Diócesis de Quibdó, pero es la misma persona que una lista publicada por el Cinep ("Bojayá, la otra versión") aparece con el nombre de Aris Rovira Vélez y a quien también "le gastan" en Bellavista el nombre de Eric, pues existe la creencia de que los nombres se "gastan" y por eso a una persona la llaman con un nombre diferente al que recibió en el bautismo.

Otro caso es el de Martín Flórez Blandón, que así aparece en la lista suministrada por la Fiscalía del Chocó, pero que en la lista del Cinep aparece con el nombre de Faustino Flórez Blandón, en la de la Diócesis, Faustino Flórez Blandón Marín y a quien sus paisanos "gastan" simplemente Marín.

 

¿Cuántos eran?

El primer acercamiento a esta historia de dolor y muerte lleva a pensar en ese país que desconoce su geografía y su gente. Los mapas no alcanzan a incluir en sus convenciones esos pueblos que para los grupos armados sí hacen parte de sus objetivos estratégicos.

Como la realidad que conoció el país en los medios de comunicación en los días siguientes a la tragedia, sumergirse en este Bordado de la Vida y Muerte de un Pueblo traía cada vez datos más sorprendentes.

El 3 de mayo de 2002, por primera vez los diarios anunciaron que en Bellavista, Chocó, los paramilitares y los guerrilleros se habían enfrentado y que tras estos choques habría un número indeterminado de muertos y unos 50 civiles heridos. La sola idea de imaginar una pipeta lanzada contra una iglesia ya hablaba de una tragedia que dejaría una profunda huella en la historia colombiana.

Un día después, la voz del alcalde de Bojayá, Ariel Perea, le contaba al mundo que en su población habían desaparecido unos 145 civiles y los medios hablaron de 60 civiles masacrados.

El 5 de mayo la cifra de muertos ya iba en 108 y el país conoció una lista inicial de 50 nombres (no necesariamente con sus apellidos) y leyó una triste historia que mencionaba 18 NN más y más de 50 cadáveres que no se habían podido recuperar.

Las aguas del Atrato ya se habían llevado varios cuerpos y los perros, gallinas, gallinazos y quién sabe qué otros animales se habían comido algunos restos humanos.

A dos días de la tragedia, Domingo Valencia, el cantor de Bellavista (Bojayá) ya había cruzado con cuatro paisanos más para recoger los muertos y enterrarlos en una enorme fosa común.

Entre un testimonio y otro, el 6 de mayo el mundo conoció una cifra que salía de las autoridades locales: habían muerto 117 civiles en el ataque. A este número se le sumó la muerte de dos personas que llegaron heridos a Medellín y el número trágico quedó consignado: 119.

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