Elegía
El
1 de mayo de 2002, unos quinientos habitantes de Bellavista, cabecera
del municipio chocoano de Bojayá, buscaron el templo para guarecerse de
las balas que disparaban los guerrilleros y paramilitares que combatían
en las calles del pueblo.
El
2 de mayo, a las 11 de la mañana, ese templo se sacudió con una
pipeta-bomba lanzada por las Farc.
Cuando
los socorristas pudieron llegar a la localidad, encontraron que por lo
menos 42 niños –muchos cuerpos nunca fueron encontrados- yacían en
las ruinas del altar, de donde también cayeron los pedazos de las
imágenes de la Virgen del Carmen y el Crucificado. Fueron santos
inocentes de Colombia, como los llaman las gentes del pueblo.
Se
ha calculado que 117 compatriotas, entre ellos los 42 menores de 12
años, murieron ese día y otros dos fallecieron en los hospitales donde
fueron trasladados.
¿Quiénes
eran ellos, quiénes eran las 24 familias que perdieron a uno o varios
de sus miembros bajo los escombros de la tenebrosa explosión? A fuerza
de repetir la cifra, íbamos a convertirlos en otros números de la
tragedia colombiana.
Aquella
mañana perdieron la vida personitas tempranas, algunas que ni siquiera
alcanzaron a nacer, otras apenas sabían de amamantarse o de jugar en
las calles y garrapatear las primeras letras. Sus padres los evocan en
silencio. Sus madres los saben irreemplazables.
En
el estallido murieron gentes que soñaban, trabajan, disfrutaban,
amaban, esperaban el futuro. Durante este año, sus nombres apenas si
han sido registrados en listas que los confunden, que circulan
cerradamente, que siguen siendo menciones. Sus historias iban a quedar
para el recuerdo de los suyos, que las acarician en las horas del
ausente dolor.
Bojayá:
Rostros y rastros es la forma
como EL MUNDO reconoce la vida humana, las existencias truncadas por el
terrorismo y rinde homenaje a ellos y a quienes sienten el vacío de la
nada, pues la mayoría no tienen ni una tumba donde rendirles homenaje.
Con
base en las listas elaboradas por el Programa Aéreo de Salud de
Antioquia, la Fiscalía General de la Nación, Noche y Niebla del Cinep
y la Diócesis de Quibdó comenzamos a buscar las familias que sufren el
duelo y luego de visitar la capital chocoana y la cabecera de Bellavista
recogimos las historias de 85 víctimas y las de las familias que
quedaron rotas aquel día. De veinticinco de ellos pudimos también
recuperar fotografías que se salvaron del saqueo de la guerrilla a las
casas de las que los sobrevivientes salieron despavoridos. Las huellas
de 34 personas fueron invisibilizadas por las noches en que al Templo
nadie llegó y por el caudal del río Atrato. No pudimos hallarlas.
Esos
nombres, esas reconstrucciones que los suyos hacen de sus
personalidades, esos sueños relatados por quienes los escuchaban y
apoyaban, son homenaje a las víctimas del conflicto colombiano. Se
constituyen también en clamor por el cese de la violencia.
El
5 de mayo de 2002, el Editorial de EL MUNDO, "Máxima barbarie,
mínima información", señaló la culpabilidad de las Farc en el
más horrendo episodio de la historia de Colombia, ellos tienen que
responderle al pueblo colombiano y la justicia tienen el deber
histórico de conseguir que lo hagan.
Nosotros
desde el periodismo rendimos homenaje a los muertos, a un pueblo
víctima, y unimos nuestra voz a la suya para pedir solidaridad, pues
como aquel día lo dijo EL MUNDO: "Cada vez es más sentida la
necesidad que tiene nuestro país de que el mundo comprenda la
naturaleza del conflicto que enfrenta a unos cuantos enloquecidos
narcoterroristas contra su propio pueblo y asuma su parte de
responsabilidad en la solución de una tragedia que se alimenta del
consumo de drogas de los ciudadanos de las grandes capitales y se
sostiene con los dineros consignados en las cuentas bancarias que mueven
en los centros financieros del mundo. Mientras ello no suceda,
sufriremos muchos más Bojayás".
Para
ellos, una flor, para los vivos, una oración y estas páginas In
Memoriam.
ANIBAL
GAVIRIA CORREA
Editor
General
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